El hombre del maratón
El hombre del maratón

El hombre del maratón

Para clasificarse para las pruebas de selección olímpicas de maratón, hay que correr una milla en 5 minutos y 18 segundos unas 26 veces seguidas sin parar. Para la mayoría de la gente, correr una sola milla a ese ritmo sería imposible. Las piernas empezarían a parecer de plomo a medida que el ritmo cardíaco alcanza su máximo, y lo único en lo que se podría pensar sería en parar para beber agua... ¡y eso solo en los primeros 100 metros!

Para Jonathan Swiatocha, correr a esta velocidad es una experiencia extrañamente tranquila. Y es capaz de correr todo el día. De hecho, habla de una cierta alegría que siente cuando recorre largos tramos de carretera sudando la gota gorda. «Siento que estoy alabando y adorando a Dios cuando corro», afirma. «Es una experiencia sin igual». No es el único de su familia al que le gusta correr. Su hermano, Davy, es corredor y su padre, Ed, ha corrido más de 25 maratones e incluso quedó en primer lugar en la Maratón de White Rock (ahora conocida como la Maratón de Dallas) en 1985 y 1986.

A la mayoría de nosotros nos suena esa broma habitual: «Si me ves corriendo, es porque algo me persigue». Jonathan no huye de nada: es él quien persigue. «Desde que estaba en primero de secundaria, quería correr en los Juegos Olímpicos», afirma. Y ahora que tiene 26 años, tiene la mirada puesta en los Juegos Olímpicos de 2020 en Tokio, Japón.

Competir en los Juegos Olímpicos ya es de por sí una hazaña increíble, pero teniendo en cuenta todo lo que ha pasado Jonathan, sería un milagro. Si se clasifica, será la primera persona con una lesión cerebral traumática en representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos.

Justo antes de Navidad de 2002, cuando Jonathan tenía 10 años, su familia volvía a casa en coche tras una actuación navideña en la que habían participado en su iglesia del norte de Dallas. Se detuvieron en un semáforo en rojo y, cuando se puso en verde, se adentraron lentamente en el cruce. Fue entonces cuando Jonathan perdió el conocimiento.

Un coche se saltó un semáforo en rojo a 130 km/h y chocó contra el vehículo que circulaba a su lado, el cual a su vez embistió a su furgoneta y la hizo dar varias vueltas de campana. La mujer que viajaba en el coche contiguo, embarazada de siete meses, murió en el acto, y todos los ocupantes de la furgoneta resultaron heridos, aunque estaban conscientes. Todos menos Jonathan. El conductor de 20 años que se saltó el semáforo en rojo tenía un nivel de alcohol en sangre casi el doble del límite legal.

Llevaron a Jonathan al hospital de urgencia y fue entonces cuando empezaron las dudas. ¿Volvería a despertarse alguna vez? ¿Quedaría incapacitado para el resto de su vida? «Había muchas incógnitas», afirma. «Nadie sabía realmente si sobreviviría». Milagrosamente, tras tres días en coma, Jonathan se despertó con una migraña insoportable. «Nunca olvidaré ese momento en que desperté», dice. «No tenía sensibilidad en las piernas. Fue muy traumático emocionalmente».

Durante 12 días, permaneció postrado en esa cama de hospital sin saber si volvería a caminar alguna vez. Su padre estaba en la habitación con él y salió a por un café. Fue entonces cuando Jonathan oyó al Espíritu Santo decirle que se levantara de la cama y caminara. Luchó contra la sensación de que se caería y de que no habría nadie allí para ayudarle a levantarse, pero decidió confiar en el Espíritu Santo y empezó a deslizar su cuerpo fuera de la cama. «Cuando me dejé llevar y todo mi peso recayó sobre mis piernas, pude sentir cómo Dios insuflaba vida en mis piernas con cada pequeño paso que daba», dice.

Los médicos estaban asombrados y le dieron el alta del hospital justo antes de Navidad. Todo parecía normal, pero una advertencia de su neurólogo se cernió sobre Jonathan durante años. Le dijo que, aunque Jonathan pudiera parecer normal a medida que fuera creciendo, cuando llegara a los veinte años probablemente tendría dificultades psicológicas y emocionales. Siguió creciendo, y era casi como si nunca hubiera pasado nada.

Cuando se incorporó al equipo de campo a través del instituto en su primer año, se dio cuenta de que tenía un talento natural para correr. Su velocidad en el instituto le valió una plaza en el equipo de campo a través de la Universidad Wesleyana de Texas y, a medida que seguía ganando velocidad, comenzaron a aparecer aquellas dificultades sobre las que le había advertido su neurólogo. «Después de la universidad, me encontraba en un estado emocional deprimido y sombrío», afirma. «El miedo, la ira y la ansiedad afectaron negativamente a mis relaciones y a mi carrera como corredor. Tracé una línea en la arena y dije: “No voy a vivir así”. Cuando finalmente se lo confié al Señor, sentí paz».

Fue entonces cuando empezó a notar una mejora como corredor como nunca antes.

Empezó por adquirir el hábito de leer la Biblia a diario. Recuerda haber leído Lucas 2:40, donde dice: «Y el niño crecía y se fortalecía en espíritu, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él». «A medida que mi espíritu se fortalece y me acerco más al Señor, siento que Él me fortalece y me prepara para el sueño que me ha dado», afirma.

Jonathan se está acercando a su objetivo y, además, está motivando a otras personas. En los últimos años, Jonathan ha empezado a contar su historia en colegios, iglesias y empresas. En 2016 incluso impartió dos charlas TED sobre cómo superó su lesión cerebral. Pero lo más motivador de lo que habla no es su pasado, sino lo que le espera en el futuro.

Aún faltan dos años para los Juegos Olímpicos de 2020, y todavía le queda mucho trabajo por delante mientras se prepara para correr una maratón con un tiempo que le permita clasificarse para los Juegos. A veces parece que podría ser demasiado difícil de lograr. Las dudas le invaden la mente:¿Podré hacerlo? ¿Soy lo suficientemente rápido? Entoncesrecuerda aquella noche en el hospital, cuando solo tenía 10 años y el Espíritu Santo le dijo que caminara. «Ese fue el momento decisivo de mi vida y de mi carrera como corredor», dice Jonathan. «Dios me estaba preguntando si confiaba en Él —incluso cuando pudiera parecer imposible— y yo confío».