Bendiciones generacionales
Bendiciones generacionales

Bendiciones generacionales

La amplia y hermosa sonrisa de Mayuri Flores de Vilchez refleja su gratitud por todo lo que Dios ha hecho en su vida. Es una mujer tenaz y compasiva, conocida por hacer grandes sacrificios por su familia, especialmente por sus hijos. Ha sido un canal de bendiciones en sus vidas, y Dios aún no ha terminado con ella.

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En los años 50, Mayuri vivía con sus padres y hermanos en la zona más pobre de Caracas, la capital de Venezuela. Cuando Mayuri tenía dos años, una gran inundación arrasó con todas las casas de su comunidad. Todavía recuerda cómo la sacaron en brazos los equipos de rescate mientras el barrio empobrecido desaparecía bajo las aguas fangosas. El Gobierno venezolano intervino y proporcionó a las familias más tierras y viviendas; sin embargo, no había agua corriente ni instalaciones sanitarias, apenas había electricidad y la familia de Mayuri tenía que compartir una habitación. Empezaban de cero, pero nada había cambiado. Lo único de valor que poseían era el amor que se tenían los unos a los otros.

«Crecimos en la pobreza, pero éramos muy felices», dice Mayuri. «Fue la mejor época de nuestras vidas. Y no importaba que no tuviéramos mucho dinero: cualquier cosa que mis padres pudieran conseguirnos era suficiente».

Mayuri sabía que inculcaría los mismos valores familiares a sus futuros hijos, pero no quería que crecieran viviendo en la pobreza. En el instituto, estudió mucho y sacó buenas notas, y además se enamoró del idioma inglés. Cuando le comentó su interés por el inglés a un sacerdote de la iglesia local, este le sugirió que estudiara en Estados Unidos para profundizar en el idioma. Iba a graduarse pronto y, si llegaba a dominar el inglés, tendría el camino allanado para conseguir trabajo en Venezuela. Cuando el sacerdote les presentó la oportunidad a los padres de Mayuri, su padre se mostró escéptico, pero su madre estaba convencida de que la experiencia sería beneficiosa. «Mi madre es una mujer a la que le gusta ir hacia adelante. Tiene confianza en sí misma, y yo soy como ella», dice Mayuri. «Mi padre dijo: “Tenemos que pensarlo”. En realidad nunca dijo que pudiera irme, ¡pero acabé en el avión!».

Tras hablar con los padres de Mayuri, el sacerdote reunió a un grupo de compañeros para viajar a Estados Unidos con el fin de evaluar posibles familias de acogida para Mayuri. La expedición, de tres meses de duración, les llevó hasta Ben y Mary Bocchicchio, en Pensilvania, una pareja italoamericana con cuatro hijos varones. Los Bocchicchio resultaron ser la opción perfecta: Ben y Mary trataban a Mayuri como si fuera una de sus propias hijas, y Mayuri tenía una relación estupenda con sus hijos. Vivió con los Bocchicchio durante un año, mejorando su inglés. «Se convirtieron en mi familia estadounidense», afirma. 

Mayuri vivió en Estados Unidos durante un año, perfeccionando su inglés, antes de regresar a Venezuela en busca de trabajo. Cuando tenía poco más de veinte años, trabajaba como secretaria bilingüe en la Ford Motor Company, en Valencia. Era el comienzo de una carrera prometedora, pero su objetivo nunca fue el éxito personal, sino disponer de los medios necesarios para ayudar a romper el ciclo de pobreza de su familia.

Cuando Mayuri tenía 22 años, se casó y más tarde tuvieron tres hijos: un hijo, Rubén Darío, y dos hijas, Mayuri Alejandra y Laura Marina. Mayuri mantuvo una estrecha relación con los Boccicchio; los visitó en numerosas ocasiones durante las vacaciones con sus hijos, y ellos visitaron a su familia en Venezuela. Cuando los hijos de Mayuri terminaron el instituto, los envió a Estados Unidos para que aprendieran inglés, tal y como ella había hecho, y los Boccicchio acabaron acogiendo a su hijo, Rubén. Otra familia generosa, Brooks y Jane Cottle (¡que más tarde se convirtieron en los suegros de Rubén!), acogieron a Mayuri Alejandra y Laura Marina. «Quería que mis hijos aprendieran el idioma [inglés], independientemente de lo que acabaran estudiando», dice Mayuri. «Si eran bilingües en Venezuela, tendrían más oportunidades laborales».

Mientras trabajaba en Ford, Mayuri fue ascendida a varios puestos diferentes y la situación económica de su familia mejoró. Sus tres hijos se graduaron en la universidad y pudieron encontrar trabajo. La vida le sonreía a la familia Vilchez, y el esfuerzo de Mayuri estaba dando sus frutos.

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A finales de 2015, Mayuri se había convertido en residente permanente de Estados Unidos. Su hijo, Rubén, ya vivía en Texas con su esposa, Erin, quien acababa de dar a luz a su primer hijo y al primer nieto de Mayuri, Eva. En 2016, Mayuri se incorporó al equipo de instalaciones de The King’s University y, en 2019, pasó a ser jefa de turno del equipo de instalaciones de Gateway. «Es maravilloso trabajar en un lugar donde todo lo que hacemos, lo hacemos en el nombre del Señor, y la presencia de Dios es algo cotidiano», afirma. «Siento que todos aquí tenemos el mismo propósito: ayudarnos unos a otros, amarnos y respetarnos mientras trabajamos en un entorno donde Dios es el centro de todo lo que hacemos. Vengo a trabajar feliz todos los días».

Mientras Mayuri reflexiona sobre su vida, se da cuenta de que la generosidad de los Bocchicchio y los Cottle fue una parte fundamental del plan de Dios para bendecirla a ella y a su familia. Al abrir sus corazones y sus hogares, los Bocchicchio y los Cottle contribuyeron a cambiar el rumbo de la familia Vilchez para las generaciones venideras. Es una hermosa y perdurable historia de dos familias unidas por la generosidad, el amor y lo que Rubén llama «el hilo de la fidelidad de Dios».

«Es increíble cómo una sola familia puede influir en la vida de personas de otros países al enviar ayuda o apadrinar a estudiantes», afirma Rubén. «Literalmente, cambió la vida de mi madre, la de nuestra familia y la mía. Lo que Dios ha estado haciendo en mi madre y a través de ella es un milagro por el que estoy muy agradecido al Señor». La familia Vilchez asiste al campus de Southlake.