La mera existencia de Emma era un milagro. Había oído esa historia toda su vida —su concepción sorprendente y milagrosa, siendo sus padres personas que luchaban contra la infertilidad—, pero pensaba que eso era todo. Ella ya era un milagro. ¿Por qué iba Dios a elegirla para otro?
Tras su nacimiento, los médicos se dieron cuenta de que tenía los ojos cruzados, un trastorno neurológico llamado ambliopía que afecta en gran medida a la visión y a la percepción de la profundidad. Sintiéndose culpables de que los medicamentos para la fertilidad pudieran haber sido la causa, los padres de Emma hicieron todo lo que pudieron por medios naturales para solucionar el problema. Se sometió a siete operaciones antes de cumplir los cinco años. La última operación la tuvo a los 10 años. «Para la segunda o tercera operación, ya no tenía los ojos cruzados», cuenta. «Pero mi ojo derecho empezó a deteriorarse. Estaban estirando el músculo y provocando mucho tejido cicatricial». Tenía que ponerse gotas en los ojos a diario y, a menudo, llevar un parche sobre el ojo sano para intentar entrenar al ojo afectado y que mejorara. Fue una época difícil para Emma, pero igualmente difícil para sus padres, que no podían entender por qué Dios no sanaba a su pequeña. «Seguía empeorando», dice Emma, «cuando cumplí los 10 años, era legalmente ciega del ojo derecho».
El cerebro de Emma se adaptó y convirtió su ojo izquierdo en el dominante, con una visión de 20/20, pero con el ojo derecho solo veía sombras difusas. Los médicos comenzaron de inmediato a realizarle pruebas en el ojo derecho para comprobar en qué medida se estaba encogiendo el globo ocular, algo que ocurre de forma natural cuando los nervios del ojo han muerto. Además, sufrió roturas de capilares y se le formó una membrana sobre el ojo. Las gafas le ayudaban, pero no eran la solución. «No sabía lo que era tener visión periférica», dice Emma. «No sabía lo que era ver con ambos ojos o no llevar gafas». Sin embargo, algo en su condición la hizo más fuerte.
Emma sufrió acoso escolar, pero llegó a ser presidenta de una asociación contra el acoso escolar. Cuando tuvo que llevar un parche en el ojo y sus padres se divorciaron, se resistió a caer en la depresión y la autocompasión. En su lugar, empezó a cantar y a dirigir el culto. Emma se aficionó a la fotografía y la videografía, actividades que requieren una buena vista. Presentó al Departamento de Transporte un certificado médico en el que se indicaba que era legalmente ciega, pero consiguió el carné de conducir. «Sí, fue difícil, pero no podía hacer nada respecto a mi ojo», dice. «Simplemente decidí que no iba a dejar que eso me definiera». Durante todo este tiempo, su familia siguió rezando por un milagro.
«Probablemente no fue hasta que me saqué el carné cuando me di cuenta de verdad de que Dios aún no me había curado», dice Emma. «Aquel día me recordó que iba a tener que vivir así el resto de mi vida».
Con una determinación inquebrantable, Emma terminó el instituto antes de tiempo y obtuvo su título de técnico superior a los 17 años. Empezó a trabajar por cuenta propia como fotógrafa y gestora de redes sociales, y en su tiempo libre colaboraba como voluntaria con Gateway Students. Así que, cuando su mejor amiga la invitó a un fin de semana universitario en el Christ For The Nations Institute (CFNI), decidió acudir para echar una mano.
El segundo día, Emma y su amiga fueron a una conferencia. A mitad de la charla, el ponente dejó de hablar de repente. Dijo que sentía la necesidad de parar porque alguien en la sala necesitaba sanación física. Emma lo descartó de inmediato. «Pensé: “¡Esa no soy yo! Me siento genial, ¡no estoy enferma ni sufro en absoluto!”, cuenta . «Pero entonces oí al Señor decir: “No, esa eres tú. Hablas de que soy un Dios de milagros, pero no lo crees por ti misma. Si levantas la mano ahora mismo, te sanaré”. Nunca olvidaré esas palabras».
Emma levantó la mano.
Su mejor amiga le puso la mano sobre el ojo a Emma, y la instructora invitó a toda la clase a rezar por ella. «Me quité las gafas y cerré los ojos», cuenta.
«Y cuando dijo “Amén”, abrí los ojos y, por primera vez en 17 años, pude ver con ambos ojos». Emma corrió al baño, se miró en el espejo y vio que ya no tenía tejido cicatricial, ni una película opaca, ni vasos sanguíneos rotos en el ojo. Podía verlo todo e incluso tuvo que llevar gafas de sol los dos días siguientes porque le parecía que había mucha luz.
Emma y su amiga salieron del CFNI y llamaron a sus padres de camino a casa. «En los últimos años, tenía la sensación de que mi madre se había alejado del Señor, y era algo por lo que llevaba tiempo rezando», cuenta. «Así que cuando la llamé para contarle que Dios me había curado el ojo, se sintió completamente abrumada por la bondad de Dios y volvió a entregar su vida al Señor».
La madre de Emma no es la única a quien ha conmovido este milagro. La influencia de Emma como líder de alabanza, voluntaria en Gateway y fotógrafa la llevó a compartir su historia de sanación en diversos foros. La gente está encontrando la salvación y recuperando el ánimo, y Emma está viendo cómo crecen la fe y la esperanza a su alrededor, especialmente en su propia relación con el Señor. «La sanación llegó en un momento en el que estaba muy insegura sobre lo que quería hacer con mi vida y si la fotografía era la elección correcta», dice. «Y sentí que, en ese momento de sanación, Dios me dijo: “Si estoy haciendo todas estas cosas increíbles a través de ti con un solo ojo, imagina lo que voy a hacer a través de ti con los dos ojos”».
Ahora Emma se dedica a la fotografía, la videografía y la gestión de redes sociales, ¡y ha creado su propio negocio! Tiene una visión perfecta en ambos ojos y sigue sin poder creerlo. «En un segundo, Dios me sanó y lo cambió todo. Fue lo más tangible que he experimentado jamás en la presencia del Señor», dice Emma. «No es que pensara que Dios ya no sanaba, simplemente nunca pensé que me pasaría a mí. Pero sucedió. Y Su momento fue perfecto».