En busca de su identidad
En busca de su identidad

En busca de su identidad

En 2009, Kyle Adams recibió una petición abrumadora de su madre. Él se encontraba en el hospital luchando contra una meningitis espinal, su segunda enfermedad grave en tan solo unos meses, y ella no podía comprometerse a cuidar de él si volvía a enfermar. Desde junto a la cama de hospital del joven de 32 años, le dijo con firmeza: «Tienes que buscarte una esposa».

Era una tarea difícil y mucho más complicada de lo que su madre podía imaginar. Kyle había luchado con su identidad sexual desde que era muy pequeño y, por eso, pensaba que estaría solo el resto de su vida. Aquel día en el hospital, rezó y le dijo a Dios: «Alguien tendrá que caer del cielo».

Kyle creció en Grand Prairie, Texas, en un hogar cristiano conservador y devoto. Describe a sus padres como «guerreros de la oración» que siempre le animaron a hacer grandes cosas. Sus abuelos eran considerados pilares de la iglesia bautista a la que acudían todos juntos, y su familia era muy conocida y respetada allí. A Kyle le encantaba su iglesia y la educación que recibió, lo que le proporcionó a él y a su hermano una sólida base espiritual. Aunque tenía una buena relación con su familia, pensó que lo mejor era mantener su lucha en secreto.

Cuando Kyle recuerda cómo empezó todo, hay un momento que le viene especialmente a la mente. Una tarde estaba en casa de su niñera mientras sus padres asistían a una fiesta de Navidad de la empresa de su padre. Un grupo de amigos adolescentes de la niñera se había quedado allí y decidieron ver una película para mayores de 18 años. Kyle, que entonces solo tenía 7 años, se quedó con ellos viendo la película entera. «Todo era sexo», dice. «La vimos de principio a fin y esa fue mi primera toma de contacto con cualquier cosa de carácter sexual».

Kyle cree que aquella noche algo se despertó en él, pero, al ser tan joven, no estaba seguro de qué era. Sabía que las chicas le empezaban a gustar mucho más, pero se sorprendió al empezar a sentir la misma atracción por los chicos. Confundido y con demasiado miedo como para contárselo a alguien de su familia, lo mantuvo en secreto y se esforzó por pasar cada día sin que se descubriera. Cuando entró en la secundaria, se esforzó aún más por ocultar su lucha cambiando su comportamiento cotidiano. «Tenía gestos femeninos, así que cuando llegué a la secundaria, me centré en hacer que mi forma de andar, de sujetar las cosas y de hablar pareciera más masculina», dice. «Al llegar a la preadolescencia, no me gustaban los deportes. Así que era: “Oh, tienes gestos femeninos y no practicas deportes, así que debes de ser gay”. Los rumores empezaron muy pronto».

Cuando Kyle estaba en el último curso de secundaria, tuvo una relación íntima con un compañero de clase, y le angustiaba la idea de que alguien se enterara. Además, la adicción a la pornografía se había colado en su vida. Durante ese mismo periodo, Kyle se enamoró perdidamente de una chica que correspondía a sus sentimientos, y esperaba comenzar una relación seria con ella. La ilusión de un futuro junto a ella le dio fuerzas y le mantuvo firme en medio de su continua lucha. Pero el romance incipiente acabó por esfumarse, causándole aún más dolor.

Después de terminar el instituto, Kyle se matriculó en el seminario de su iglesia, donde se involucró en el ministerio de la música. Durante cuatro años viajó por todo el país con un grupo musical cantando y difundiendo el evangelio. Siguió ocultando su lucha y se mantuvo ocupado con sus estudios y la música. Al terminar el seminario, Kyle se convirtió en ingeniero de software durante el día y llenaba sus noches con audiciones, ensayos y actuaciones en el teatro local. «Me metí en el teatro porque me permitía estar rodeado de gente y me mantenía ocupado», dice. «Estar delante del público me hacía sentir valorado. Estaba en el centro de atención y me elogiaban, y quería más de eso. Estuve en el teatro durante cinco años seguidos».

Mantener una agenda apretada permitía a Kyle evadir la lucha que se libraba en su interior. Con el tiempo, descubrió sitios web y salas de chat en línea que le facilitaban el acceso a un mundo del que intentaba escapar. Se vio atrapado en un ciclo agotador en el que cedía a sus deseos, sentía una culpa abrumadora y luego se esforzaba al máximo por recuperar su pureza sexual. Tras un breve periodo de éxito, el ciclo se repetía, generando más ataduras y odio hacia sí mismo. Al final, las cosas se pusieron tan mal que se arriesgó y pidió ayuda. «La primera persona con la que lo compartí fue un amigo cercano de la familia», dice Kyle. «Fue muy comprensivo conmigo, pero se limitó a decirme: “Haz estas cosas y estarás bien”; me aconsejó lo mejor que supo. Mientras tanto, la situación empeoraba y yo me esforzaba más [por dejarlo] porque ese era el consejo que me habían dado».

A solo unas horas de distancia, en el este de Texas, Megan Davis comenzaba su propia lucha. Creció en una familia cristiana y le gustó tanto su infancia que la describe como «mágica». Pero su familia se mudaba con frecuencia —su padre era entrenador de fútbol americano en un instituto— y eso le dificultaba a Megan entablar y mantener amistades. Despedirse de sus amigos cada dos o tres años le causaba mucho dolor y ansiedad.

La ansiedad de Megan y su necesidad de destacar la acompañaron durante toda su etapa universitaria. Su sueño era convertirse en actriz, por lo que se esforzó mucho para ser una de las mejores del campus. También le preocupaba con quién se casaría y no quería quedarse sola. La idea de perder a su novio de la universidad la aterrorizaba, por lo que se negaba a dejarlo, incluso después de que Dios le dejara claro que él no era el indicado.

«Oí al Señor decir: “Ese no es tu marido”, pero yo pensé: “Necesito a alguien, y él es el hombre con el que me casaré”», cuenta Megan. «El final de esa [relación] me destrozó. Fue justo antes de mi último año de instituto».

Al terminar la universidad, Megan se encontró de vuelta en casa con sus padres, sin perspectivas laborales y aún superando la ruptura con su novio. Estaba tan preocupada por su futuro que desarrolló problemas estomacales crónicos y perdió mucho peso. No dejaba de preguntarle a Dios qué debía hacer y, durante unas vacaciones en familia, recibió una respuesta clara.

«Estaba sola cuando se me acercó una chica y me dijo: “Tengo un mensaje para ti, y la palabra del Señor es ‘Espera’”, cuenta Megan. «Durante años, cada vez que rezaba, oía “Espera”».

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La estancia de Kyle en el hospital por una meningitis espinal estaba llegando a su fin cuando recibió un mensaje de texto sorprendente. Uno de sus amigos del teatro quería que participara en una próxima obra y que conociera a una actriz con la que creían que encajaría bien. Kyle se mantuvo firme en que no quería que le organizaran una cita con nadie y lo rechazó. Pero sintió curiosidad y decidió buscar a la mujer, Megan Davis, en Facebook. Cuando Kyle vio su foto, se sintió atraído por ella al instante y vio otras fotos en las que aparecía enseñando a niños en África. Así que rezó para poder conocerla y le dijo a su amigo que iría al ensayo.

Para entonces, Megan se encontraba en una situación mucho mejor en su vida. Había encontrado la paz y estaba dedicando parte de su tiempo a labores misioneras en Kenia, pero su futuro seguía siendo incierto. Sin dejar de perseguir su sueño de ser actriz, la primera parada de Megan tras regresar a Estados Unidos sería el ensayo de una obra en la que su amiga tenía previsto presentarle a Kyle. Nada más aterrizar el avión, Megan se dirigió al teatro.

«Así que caí del cielo tal y como él había pedido», dice ella. 

En cuestión de meses, Kyle y Megan se habían enamorado y se habían comprometido, pero Kyle apenas le mostraba cariño a Megan. Aunque habían hablado de mantener unos límites en su relación, ella consideraba que su comportamiento era un poco extremo. La verdad era que Kyle seguía luchando con su identidad y, incluso después de pedirle matrimonio, el cuento de hadas para él había terminado.

«Compré el anillo en Nochebuena de 2009, pero a finales de ese año la engañé», cuenta. Kyle tenía miedo de decirle a Megan que la había traicionado y aún más miedo de contarle que se trataba de una relación con otra mujer. Pero guardar ese secreto le estaba matando. «Faltaban dos meses para la boda y decidí decírselo», afirma.

«Me enfadé muchísimo», dice Megan. «Me había dado cuenta de algunas cosas, pero también sentía que él estaba destinado a ser mi marido. Quería casarme, pero cuando me lo confesó, me enfadé muchísimo con Dios y me quedé paralizada».

Megan no sabía que la confesión de Kyle se refería a un suceso reciente; ante su reacción, él mintió e insinuó que había ocurrido antes de conocerla. Cuando se reunieron con el pastor que les asesoraba antes del matrimonio, Kyle se mostró firme en su decisión de dejar de llevar una doble vida. El pastor les advirtió de que la lucha de Kyle quizá no hubiera terminado ni desapareciera nunca, pero que, con Megan en su vida, tendría a alguien ante quien rendir cuentas. Kyle y Megan se tomaron un tiempo para orar y reflexionar antes de decidir seguir adelante con la esperanza de empezar de cero juntos.

En las semanas previas a su boda, vivieron una serie de extraños contratiempos que les hicieron cuestionarse su decisión. El anillo de boda de Megan y los billetes de avión para su luna de miel fueron robados mientras Kyle estaba reformando su casa. La noche antes de la boda, un rayo cayó sobre uno de los edificios de la iglesia donde iban a casarse. Todo salía mal, pero sintieron que el Señor les impulsaba a seguir adelante con sus planes y a confiar en Él. La boda acabó superando sus expectativas y se desarrolló sin ningún contratiempo. Aun así, ese día tan especial no fue suficiente para poner fin a la lucha de Kyle.

«Me casé pensando que ella era mi salvadora y que, como estaba a mi lado, era la base de mi libertad», afirma. «Empecé otro ciclo que iría a peor durante los siguientes cinco años». Durante ese tiempo, Megan no sabía que Kyle seguía pasando por dificultades. Ella estaba en otra situación: había cambiado de trabajo como profesora y se centraba en profundizar su relación con el Señor. Un día, el Espíritu Santo le habló de Kyle.

«Oí al Espíritu Santo decir: “Tus manos van a curar a tu marido”», cuenta. No sabía a qué atribuirlo, pero era época de gripe, así que pensó que quizá sus oraciones evitarían que Kyle se pusiera enfermo.

En 2012, Megan dio a luz a su hija, y a principios de 2015 estaba embarazada de su hijo. Kyle sintió que debía confesar sus infidelidades. Un día, mientras aún estaba dándole vueltas a la confesión, pasó junto a un cartel que decía: «La fe lo hace todo posible, pero no fácil». Creyó que era la forma que tenía Dios de animarle a dar un paso hacia la verdadera libertad siendo primero completamente honesto, sin importar el precio. Así que decidió contárselo todo a Megan, aunque eso significara perderla para siempre. Diez días antes de que naciera su hijo, Megan recibió la impactante noticia.

«No podía llorar; era demasiada información y se me revolvió el estómago», cuenta. «Entonces el Espíritu Santo me dijo: “¿Recuerdas cuando te dije que tus manos sanarían a tu marido?”». Kyle yacía en el suelo, desconsolado, clamando a Dios. Quería sanación, perdón y una oportunidad para arreglar las cosas. Mientras Megan lo observaba allí tirado en el suelo, consumido por el dolor, sintió la necesidad imperiosa de actuar.

«Empezó a rezar por mí», dice Kyle. «Tenía las manos sobre mí y rezaba. Desde ese día, nunca más he vuelto a tener esas dificultades ni esas tentaciones».

Pero aún quedaba mucho por hacer. Kyle y Megan encontraron apoyo en una pareja que asistía a Gateway Grand Prairie, y pronto se convirtieron en miembros de la iglesia. Comenzaron a recibir asesoramiento del pastor del campus y acordaron establecer unos límites, entre los que se incluían compartir un solo coche, pasar juntos su tiempo libre y cambiar el teléfono de Kyle por uno sin conexión a Internet ni función de mensajes de texto. Ninguno de esos límites podía modificarse a menos que tanto Kyle como Megan estuvieran de acuerdo en que había llegado el momento. Kyle empezó a asistir a un grupo Conquer para hombres que luchaban contra la adicción sexual, que más tarde dirigió durante dos años en el campus de Grand Prairie.

Megan decidió dejar la enseñanza por un tiempo y dedicarse a ser ama de casa. Irónicamente, una de las últimas lecciones bíblicas que impartió a sus alumnos versaba sobre el adulterio y el divorcio. «Estaba explicando los fundamentos bíblicos del divorcio y el Espíritu Santo me dijo: “Te habría bendecido si hubieras dejado a Kyle, pero te agradezco mucho que te hayas quedado con mi hijo. Yo voy a cuidar de ti”», cuenta.

Aunque Megan empezaba a sentirse triunfante frente a sus miedos —le atormentaban la idea de que Kyle volviera a llevar su doble vida secreta—, el camino hacia la reconciliación aún estaba lejos de haber concluido. «Fui indulgente con Kyle, pero no puedo decir que nunca perdiera los estribos en medio de todo esto», afirma.

Kyle y Megan creen que han avanzado mucho en los últimos cuatro años. Se mantienen atentos al camino que están recorriendo y reconocen los logros que van consiguiendo por el camino. Kyle afirma que lo que más les ha ayudado ha sido pasar de un actitud de «arréglame» a un compromiso de presentarse ante el Señor. «Presentarse es sinónimo de sumisión, y la sumisión es obediencia, y los milagros ocurren cuando das pasos de obediencia», afirma.

Kyle y Megan dicen que Dios sigue demostrándoles que está cambiando las cosas en sus vidas a medida que viven momentos alentadores. Dios le había dicho a Megan que les devolvería el doble de lo que les habían robado, pero ellos no sabían qué significaba eso. Tres años después de que Kyle se liberara de su crisis de identidad, la pareja recibió una bendición económica inesperada de otra pareja casada: era el doble de lo que Kyle había pagado por el anillo de boda de Megan que les habían robado. En diciembre de 2018, Kyle y Megan retomaron su pasión por el teatro con papeles en el musical navideño de Gateway, Chasing Lights. Kyle interpretó a José y Megan a Ana, uno de los papeles principales. Fue una experiencia emocionante y a la vez humilde para ambos, y les ha abierto las puertas a más oportunidades en las artes escénicas.

Aunque ven cómo Dios obra milagros en su matrimonio, Kyle y Megan no creen que su historia sea un modelo a seguir para todas las familias que se enfrentan a problemas similares. «Otra persona no puede escuchar nuestra historia y decir: “Así es como puedo liberarme” o “Así es como lo voy a hacer”», afirma Megan. «No hay una fórmula. Nos acercamos al Señor e hicimos lo que Él nos dijo. Nada de lo que el Espíritu Santo nos pidió que hiciéramos iba en contra de la Palabra de Dios. Al final de nuestros días, queremos poder decir que hemos sido obedientes».

Kyle, Megan y sus hijos asisten al campus de Grand Prairie.