Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. –Hebreos 13:8 (NVI)
Una de las cosas más constantes en la vida es la certeza del cambio. Miremos donde miremos, el cambio nos rodea. Las estaciones pasan del verano al otoño, y luego del invierno a la primavera. Los líderes políticos son elegidos y destituidos. Se construyen nuevos barrios y comunidades, mientras que otros son demolidos o transformados. Los negocios abren con entusiasmo y cierran con la misma rapidez. Las relaciones evolucionan, la gente se muda, la tecnología avanza y los planes de los que antes estábamos seguros dan de repente giros inesperados. El cambio es una parte natural e inevitable de la vida y, a veces, puede resultar abrumador.
Con tantos cambios a nuestro alrededor, es fácil sentir incertidumbre (o incluso ansiedad). Es posible que nos preguntemos qué nos deparará el futuro, en qué podemos confiar o cómo se supone que debemos afrontar lo desconocido. Ante esto, a menudo intentamos tomar el control, creyendo que si logramos gestionar los detalles, planificar con antelación o forzar los resultados, nos sentiremos más seguros. Pero, a menudo, esto no es más que una ilusión de control. Podemos convencernos de que tenemos el control, pero la verdad es que nuestros esfuerzos por controlarlo todo pueden dejarnos aún más ansiosos y agotados. Afortunadamente, la Biblia nos ofrece una verdad inquebrantable.
Hebreos 13:8 nos recuerda que, en un mundo en el que todo parece cambiar, tenemos la promesa de que Jesús nunca cambia. Él ha sido el mismo Dios amoroso, presente y poderoso desde el principio de los tiempos; sigue siendo ese mismo Dios hoy; y será ese mismo Dios para siempre. Cuando la vida es impredecible, cuando el futuro es incierto y cuando las preguntas parecen más fuertes que las respuestas, el carácter de Dios permanece firme e inmutable. Él es el Dios que nunca nos abandona ni nos da la espalda (véase Deuteronomio 31:8). Él es el Dios que nos da paz y provee para todas nuestras necesidades (véase 2 Tesalonicenses 3:16; Filipenses 4:19).
Jesús habla de su provisión y de su paz en Mateo 6:28-33, recordándonos que no debemos preocuparnos por lo que vamos a comer, beber o vestir. Nos señala los lirios del campo —lo hermosamente que están vestidos sin esfuerzo ni preocupación— y nos asegura que, si Dios se preocupa tanto por las flores, ¿cuánto más se preocupa por nosotros? Cuando le buscamos a Él en primer lugar, Él promete ocuparse de todo lo demás.
Gracias a estas verdades, podemos depositar nuestra fe en Él con confianza y entregarle nuestras ansiedades y temores. Él tiene un historial probado de fidelidad: ya nos ha ayudado a superar cambios e incertidumbres en el pasado, y lo volverá a hacer. Hoy, reflexiona sobre un momento de tu vida en el que los cambios o la incertidumbre te parecieron abrumadores. Pídele al Señor que te recuerde su cuidado y su amistad. Pídele al Señor que te llene de su amor para fortalecer tu confianza en su fidelidad. Ora por una confianza renovada en Él.
Oración: Padre, quiero confiar plenamente en Ti, pero sé que Tú debes obrar con Tu gracia. Revela Tu amor ante mí para que pueda confiar en Ti cuando el caos me rodee. Tu «amor perfecto expulsa el temor» (1 Juan 4:18, ESV). Gracias, Dios, porque siempre estás conmigo y me cuidas profundamente. En el nombre de Jesús, Amén.
Pasajes bíblicos: Hebreos 13:8; Deuteronomio 31:8; 2 Tesalonicenses 3:16; Filipenses 4:19; Mateo 6:28-33; 1 Juan 4:18
Anna Bryd compartió algunas reflexiones maravillosas sobre la fidelidad de Dios.
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